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El fundamento de la comunicación empresarial
Editorial de
la Newsletter Deusto-Club de Marketing, mayo de
2004
Por Guillermo Bosovsky Favre
Director de DOXA |
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En una mirada simplista podríamos interpretar
que la consigna que daba título a un libro de
Schmertz y Novak, “El silencio no es rentable”,
implicaba alentar a empresas supuestamente tímidas
y silenciosas a una postura de alborotamiento ruidoso
en la emisión de mensajes.
Vamos
a inventar la existencia mítica de unas fases
históricas en la cuestión de la comunicación
empresarial, a fin de servirnos de ese esquema para
la reflexión que propondremos:
Al
igual que como se crea una leyenda, imaginemos que ha
existido una fase en la que las empresas no se daban
cuenta de la importancia de la comunicación.
Llamemos a ésta “la fase del silencio”,
o “la fase de la pasividad”.
Después,
una segunda fase mítica en que las empresas,
más o menos conscientes de su importancia, invertían
esfuerzos y presupuesto para no quedar en silencio,
es decir, para no permanecer en el limbo de los fantasmas
más o menos invisibles, quizá inexistentes,
casi olvidados. De paso, esos esfuerzos permitirían
a las empresas asumir una capacidad de iniciativa, para
no dejar en manos de otros, profesionales o “espontáneos”,
los destinos de lo que se dijera sobre ellas. Llamemos
a ésta “la fase del atolondramiento
emisor”, o “la fase del amateurismo”.
Imaginemos
entonces una tercera fase mítica, en la que las
empresas descubrieron la existencia de cierto nivel
de profesionalización en la producción
y distribución de los mensajes. Es decir, descubrieron
la posibilidad de contratar a unos profesionales y unos
procedimientos, no sólo para ocuparse activa
y sistemáticamente de la comunicación,
sino también decidir lo que se quiere comunicar,
cómo y a través de qué medios,
y por lo tanto gestionar con bastante eficacia la emisión
de los mensajes. Llamemos a ésta “la
fase de profesionalización en la emisión
de mensajes”.
Bien.
¿La comunicación es esencialmente
la emisión de un conjunto de mensajes por parte
de una empresa, a fin transmitir a sus públicos,
los “receptores”, una serie de informaciones,
valores y consignas? Parece necesario insistir en que
no: la comunicación no es esencialmente
eso. Para ser un poco provocadores, con la intención
de proponer una reflexión a debatir, vamos a
afirmar que, a pesar de que la comunicación no
es esencialmente eso, hasta ahora las políticas
de comunicación de la mayoría de las empresas
en realidad se quedan en eso.
Proponemos
prestar atención al hecho de que la comunicación
es una producción intersubjetiva de significaciones.
La comunicación empresarial es el resultado de
un proceso interactivo en el cual lo esencial no es
la información o las consignas que “navegan”
desde un emisor a un receptor, ni la retroalimentación
que “navega” entre el receptor y el emisor.
La
comunicación es interacción en un acto
de creación conjunta. Comunicar es comunicarse
entre la empresa y sus públicos. Es comunión
entre emisor y receptor. Es participar en un diálogo
por el cual se genera una producción de sentido.
Comunicar es interpretar la realidad a partir de la
interacción entre los interlocutores. Es ser
socios en la producción de significados. Es construir
socialmente una realidad de símbolos, valores
y aspiraciones. Es formular juntos la realidad. Comunicar
es influirse mutuamente, es aprender y enseñar.
Es proponer algo, es responder respecto a algo, es mejorar,
es aprender a ponerse en el lugar del otro, es aprovechar
al otro para desarrollar nuestras aspiraciones y nuestros
proyectos. Comunicar es crear, es abrir el espacio a
la creatividad, porque la creatividad es comunicación.
Muchas
empresas, y muchos especialistas en comunicación,
están convencidos de que comunicar es emitir
mensajes hacia unos públicos colocados en la
posición de receptores. Algunos se enorgullecen
de adoptar una actitud cínica, y pretenden utilizar
la emisión de mensajes para una más eficaz
manipulación de sus públicos. Otros desean
alcanzar una eficacia científica, y se aseguran
de tener bien estudiados a los receptores. Otros se
muestran prudentes, o titubeantes, y se preocupan de
tener una retroalimentación que les permita ir
optimizando sus mensajes. En todos estos casos no se
escucha verdaderamente a los públicos interlocutores.
Los comunicadores se afianzan en su papel definiéndose
como emisores.
Las
empresas, los especialistas en comunicación,
han aprendido a producir mensajes y a insertarlos en
unos soportes para que lleguen hasta sus públicos.
Esto lo saben hacer bien, aunque hoy en día ni
siquiera tienen garantizado que los mensajes lleguen
y sean percibidos. Muchos son los que han aprendido
a ser emisores, pero la eficacia de sus mensajes se
reduce apreciablemente en el punto de su encuentro con
los receptores. Es necesario que los responsables de
las estrategias y campañas de comunicación
desarrollen su capacidad de escuchar, aplicando
recursos suficientes para consultar a sus públicos.
Comunicar
es también aprender de los clientes y de los
empleados. La verdadera comunicación implica
aceptar a los interlocutores, respetarlos, aprender
de ellos, estimarlos, considerarlos amigos y aliados.
Establecer vínculos de lealtad, simpatía
y alianza. La base y el fundamento de la comunicación
empresarial no es emitir mensajes, sino dialogar.
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