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El
marketing, de seductor a casamentero
Editorial
de la Newsletter Deusto-Club de Marketing, abril
de 2003
Por Guillermo Bosovsky Favre
Director de DOXA |
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Prácticamente todas las empresas manifiestan,
hoy en día, una vocación de orientación
al cliente. Es muy poco probable que una empresa asuma
voluntariamente una intención de centrarse sobre
sí misma, sobre sus procesos, sus productos o
sus servicios.
Sin
embargo, muchos directivos y empleados siguen afanados
en sus problemas,
atendiendo
las urgencias, concentrados en los procesos, obligados
a responder a las presiones de los objetivos, aturdidos
en la gestión del día a día...
y en la práctica los clientes terminan desdibujándose
en un segundo plano, y siendo representados sólo
por las cifras de ventas, los datos registrados en CRM
y poco más.
Entre
los distintos ámbitos de gestión de la
empresa, Marketing ha sido el primero en comprender
la necesidad de que toda la organización, todos
los esfuerzos, todos los procesos, todos los empleados,
transformaran su modo de actuación, se dieran
vuelta como un guante, y se enfocaran en los clientes.
El marketing no puede desarrollar plenamente
su función, ni la empresa puede conseguir orientarse
al cliente, si no se lleva a cabo un verdadero cambio
cultural en toda la organización, desde la cúpula
directiva hasta los empleados de base.
La
orientación al cliente requiere que se haya implantado
en la empresa una enérgica cultura de cliente,
y una igualmente sólida cultura de marketing,
y esto no ocurre por generación espontánea.
Es necesaria una acción muy activa y coherente,
potenciada y respaldada desde la alta dirección.
Pero
esa "reconversión" de las empresas
no es fácil. Existen obstáculos culturales
y funcionales que degradan las mejores intenciones,
en algunos casos por inercia y en otros casos por resistencia
activa de algunos directivos y empleados.
Una empresa no podrá realizar
su orientación al cliente si Marketing se limita
a gestionar las relaciones de los productos con el mercado.
En ese caso seguirá existiendo un peligroso desencuentro
entre el punto de vista de los clientes y el de la empresa.
Los
responsables de marketing pueden y deben cumplir, en
este sentido, un importante y nuevo papel, que se añade
a sus responsabilidades tradicionales. Pero para poder
cumplirlo deben ampliar su perspectiva y sus competencias.
Ya no vale ser timoratos ante la clásica departamentalización
de funciones, ni es aceptable el respeto pasivo ante
departamentos que consideren sus territorios tradicionales
como cotos aislados e inviolables.
Para promover y pilotar en toda la empresa
la profunda reconversión cultural que implica
la verdadera orientación hacia el cliente, Marketing
tiene que participar en actividades que, en las definiciones
tradicionales de su papel, parecían escapar a
sus competencias. Por ejemplo, intervenir en la definición
de la misión empresarial, la formación
del personal, la comunicación externa e interna,
la gestión del conocimiento, la calidad...
Desde
este punto de vista, el marketing está llamado
a cumplir un papel fundamental para la evolución
de las empresas hacia el buen gobierno, contribuyendo
a la eficacia, la ética y la rentabilidad, para
beneficio de todos: clientes, proveedores, empleados,
la sociedad y los accionistas.
Para poder cumplir esta función
Marketing debe ampliar sus horizontes y reenfocar su
misión: evolucionar desde el papel tradicional
de seductor de clientes hacia el de casamentero entre
los responsables de las empresas y los clientes.
Dicho
de otro modo, para que exista una verdadera orientación
al cliente en toda la empresa, Marketing debe conseguir
que todos, desde los altos directivos hasta el último
empleado, se enamoren de los clientes, y no sólo
limitarse a intentar que sean los clientes los que se
enamoren de los productos y servicios de ciertas empresas
autocomplacidas y encerradas sobre sí mismas.
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