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La
gestión del valor de marca
Top Brands,
El Libro de las Grandes Marcas en España,
2002 Superbrands Ltd.
Por Guillermo Bosovsky Favre
Director de DOXA |
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Se ha definido a una marca de muchas
formas, pero existe cierta coincidencia en considerarla
un conjunto de signos y símbolos que expresan
la identidad de una empresa y sus productos en el mercado.
Una
marca implica la combinación de cuatro sistemas:
un elemento visual-icónico, o grafismo, un nombre
expresado bajo la forma singular de un logotipo, un
concepto o idea fundamental que representa a la empresa,
y una proposición coherente en una comunicación
integrada, que determina un rasgo o atributo dominante
en la percepción de los públicos.
Evidentemente,
estos signos que sirven para identificar a la empresa,
y para "marcar" sus productos y servicios,
ofrecen a los consumidores una promesa de fiabilidad,
e implican para la empresa un soporte de su identidad
y su permanencia en el mercado.
¿Pero qué es una top brand,
una marca líder, aquella que significa algo muy
especial, y que destaca en la profusa selva de marcas
en la que vivimos inmersos?
Es
aquella marca que no sólo es diferente, sino
que además tiene una fuerte personalidad.
Es
la que tiene notoriedad, es conocida, es evocada por
el público entre las primeras dentro de una categoría
de productos o servicios.
Tiene prestigio,
una gran reputación.
Permite
la identificación inmediata de la empresa y sus
productos, se la reconoce y propicia que el público
se reconozca en ella.
Suscita
atracción, motiva a la compra.
Contiene
valores, significados y símbolos asociados.
Ofrece
una garantía de calidad y seguridad.
Una
marca líder es capaz de generar una vinculación
emocional y suscitar fidelidad en sus empleados, sus
proveedores y sus clientes.
¿Cómo consiguen algunas
empresas llegar a crear súper marcas? Mediante
la combinación sinérgica y consecuente
de unas buenas prácticas de gestión estratégica
del valor de sus marcas
- Un nombre claro, diferencial, con impacto, que
suene bien, memorizable, pronunciable, visualizable,
coherente con los valores propuestos...
- Una
identidad visual corporativa clara, estética,
diferencial, memorizable... (Diseño visual
de los signos de la identidad corporativa.
- Un
"marcaje" o "señalización"
suficiente, claro, coherente, de todos los productos
(Diseño industrial y packaging coherente, etiquetado,
merchandising...)
- Calidad
percibida en productos y servicios
- Una
estrategia de marketing consistente, y un marketing
operativo coherente y sinérgico con el objetivo
de la acumulación del valor de la marca.
- Perseverancia
e inversión suficiente para una comunicación
que transmita una proposición fundamental de
la marca en forma reiterada y coherente, para conseguir
un posicionamiento claro en el mercado.
- Una
formulación clara, suficiente, y actualizada,
de la visión estratégica de la misión
empresarial y de los conceptos y signos de su identidad
corporativa. (Identidad + competencia + proposición,
desde la empresa hacia los públicos).
- Una
gestión del conocimiento de los clientes, mediante
estudios de consulta, de las expectativas, necesidades,
motivaciones y frenos, actitudes, valores y aspiraciones
de los clientes... sobre los motivos de satisfacción
e insatisfacción con los productos y los servicios
de la empresa ... y una consulta clara, suficiente
y actualizada, a los públicos internos y externos
sobre la imagen de la organización, sus productos,
sus servicios y su significación en el mercado
y en el entorno.
- Una
renovación o actualización cuando la
marca puede estar quedando desfasada, cuando necesita
actualizar su proposición porque ya no conecta
con los valores vigentes o ha dejado de ser diferencial,
o cuando ha cambiado el tipo de negocios o de productos
de los que se ocupa.
- Una
voluntad clara de liderazgo (respaldada en los hechos
por el esfuerzo y la coherencia).
Cumplir
todas esas condiciones y buenas prácticas es un
objetivo muy exigente, y generalmente no alcanzable para
la gran mayoría de las empresas, pero aquéllas
que trabajan en esa dirección consiguen sin duda
un notable incremento en el valor de sus marcas, y aquéllas
que consiguen la excelencia y la coherencia en la mayoría
de estas prácticas alcanzan un lugar destacado
entre las marcas líderes.
Cabe
preguntarnos si existe algún tipo de tradiciones
o idiosincrasias diferentes entre las prácticas
de gestión de marca de las empresas originadas
en otros ámbitos geográficos (en particular
Estados Unidos, que en estos temas constituye el paradigma
más sobresaliente) y las prácticas de las
empresas españolas. En otros países una
gran parte de las empresas dedican más atención
y recursos al trabajo coherente de conceptualización
y formulación estratégica del proyecto de
empresa por parte de los más altos directivos,
y mucha más aún a los estudios de imagen
de marca y posicionamiento estratégico, y al esfuerzo
en las actividades de marketing y en la orientación
al cliente.
En
la mayoría de las empresas españolas éstas
son todavía asignaturas pendientes. Es demasiado
frecuente que se lleven a cabo actividades de comunicación
publicitaria, diseño de identidad visual, comunicación
periodística, sponsoring, proyectos de CRM, acciones
promocionales, programas de fidelización, proyectos
de mejora de calidad, revistas corporativas, comunicación
interna, gestión del conocimiento, diseño
industrial y de packaging, merchandising, etc., casi sin
escuchar a los directivos, sin escuchar a los empleados,
sin escuchar suficientemente a los distribuidores y sin
escuchar a los clientes.
La gestión
estratégica de la marca necesita nutrirse de un
"diálogo" entre los puntos de vista de
los máximos gestores de la empresa, y los de los
empleados, los distribuidores, los consumidores, y en
muchos casos también la opinión pública.
Es muy difícil conseguir que una marca se transforme
en líder dentro de su sector en los casos en que
las empresas siguen focalizadas únicamente en sus
propias preocupaciones tecnológicas, financieras,
legales, logísticas, y prescinden de los puntos
de vista de sus partners e interlocutores, tanto los de
dentro de sus propias organizaciones como los del mercado.
La marca es el punto de encuentro entre la identidad y la imagen.
Es el resultado de la confluencia entre la voluntad
de los gestores y la percepción de los públicos.
La
estrategia de creación, potenciación o
renovación de la marca debe tener como foco inicial
y verdadero motor estratégico el conocimiento
profundo de los clientes (entendiendo por clientes tanto
a los consumidores como a los distribuidores). No sólo
el conocimiento que la empresa tiene sobre los clientes,
sino también el conocimiento que éstos
tienen sobre la empresa, sus productos y servicios,
los escenarios de uso y consumo, los competidores, los
puntos de venta, etc. Estos conocimientos no consisten
únicamente en informaciones, experiencias y un
saber hacer. También implican una imagen de la
marca, en tanto soporte simbólico de los valores
de la empresa, de los atributos y significados diferenciales
de sus productos y servicios, del estilo de sus comportamientos,
de la coherencia de su forma de estar en el mercado
a lo largo de los años, y del tipo de vínculos
funcionales y emocionales que la empresa mantiene con
sus interlocutores.
La
imagen de la empresa y sus productos tiene unas características
particulares en la memoria colectiva, producto de todos
estos comportamientos, el conjunto de sus mensajes y
su estilo en la forma de estar en el mercado, pero tiene
otras características, también particulares,
en su presencia en los puntos de venta. Y estas últimas
características no son necesariamente idénticas
a las de la memoria colectiva. Por este motivo se producen
a veces fenómenos discordantes entre la imagen
global de marca existente en el mercado y la opinión
pública, por un lado, y la imagen que el comprador
tiene de la marca en el momento de la decisión
de compra, por otro. El valor de la marca en un mercado
determinado es el resultante de la combinación
particular de estas dos dimensiones de configuración
de la imagen.
Por
lo tanto, la gestión de la marca es el punto
de articulación entre la identidad de la empresa,
la cultura corporativa, el conocimiento de los clientes
y los distribuidores, la innovación pertinente,
el diseño de los soportes de la identidad visual
corporativa, la comunicación institucional, la
comunicación comercial, la comunicación
en los puntos de venta, y la gestión estratégica
de las relaciones internas y externas.
Hoy parece universalmente reconocido,
al menos a nivel teórico, la importancia de las
marcas y la necesidad, por parte de las empresas, de
conseguir que sus marcas ocupen posiciones destacadas.
Esto ya no sólo es asumido por empresas de productos
de consumo masivo, sino también por empresas
de servicios, e incluso, más recientemente, también
por empresas de productos industriales o B2B.
Pero
existe en la actualidad una conjunción de factores
que en muchos casos relativizan el poder de las grandes
marcas:
Por
un lado, la emergencia y consolidación de las
marcas de distribuidores.
Por
otro lado, la altísima energía y sofisticación
de las políticas promocionales, y las estrategias
de bajos precios, como efectos inevitables de la hipercompetencia,
de la presión de los nuevos sistemas de distribución
y de las crisis económicas cíclicas.
Y
por otro, ciertos cambios en los valores y comportamientos
de una parte de los consumidores, que sufren una fuerte
saturación ante la presión tradicional
de las marcas a través de la publicidad convencional,
y que no necesariamente prefieren las marcas líderes
sino aquellas que les ofrecen ventajas tangibles a través
de prestaciones, buenos precios, comodidad, ahorro de
tiempo y otros beneficios funcionales.
En este contexto, ya de por sí demasiado complicado
para una exitosa gestión de las marcas, uno de
los mayores enemigos de la creación de marcas
líderes es la tendencia frecuente al "cortoplacismo".
El valor de la marca es un activo estratégico
que requiere un trabajo y una inversión a largo
plazo. La impaciencia por la cuenta de resultados inmediata
en la mayoría de los casos es incompatible con
la apuesta por el valor estratégico de la marca.
Y ante las circunstancias adversas en los mercados muchas
empresas recaen en la vieja ideología de apostar
por la presión y "manipulación"
de los consumidores, en lugar de cumplir con la necesaria
orientación hacia el cliente prestando atención
a sus motivaciones y frenos en los procesos de elección,
en los momentos de la compra y en los escenarios de
consumo.
Por
estos motivos sólo llegan a ser marcas líderes
las de aquellas organizaciones cuyos gestores tienen
una cultura empresarial enfocada en el medio y largo
plazo, que además son capaces de identificar
sus rasgos de identidad, sus propias competencias y
sus valores diferenciales, y que a la vez tienen los
oídos bien abiertos para poder dialogar con sus
interlocutores internos y externos
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