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La identidad cultural y el cambio cultural
Por Guillermo Bosovsky Favre
Director de DOXA |
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Toda organización comporta, por definición,
una identidad cultural. Ésta
implica la existencia de un conjunto articulado
de valores, tradiciones, símbolos, creencias
y modos de comportamiento que funciona como elemento
cohesionador y actúa para los individuos como
soporte de su sentimiento de pertenencia.
La
identidad cultural permite a la organización
existir como un todo orgánico, preservar su legitimidad,
establecer unas reglas de juego y unos referentes para
que los individuos se acomoden a un orden y unos principios
coherentes de funcionamiento.
La
identidad cultural es una realidad compartida. Los individuos
que entran en la organización son formados en
su cultura. Además, la cultura ejerce una presión
para que los individuos miembros acepten los valores
establecidos y las reglas de juego, y tiende a disuadir
las disidencias.
La
cultura organizacional se comienza a constituir a partir
de la visión y la misión formuladas por
el fundador y sostenidas por los líderes. Pero
a la vez es el resultado de un proceso natural y espontáneo
que se constituye a partir de la experiencia de interacción
de los miembros entre sí y la de éstos
con el entorno para la resolución de problemas
y para la consecución de sus objetivos. Esta
cultura que se va constituyendo a partir de la experiencia
compartida por los miembros puede ser coherente o no
con la cultura formulada como proyecto estratégico
por la alta dirección. De hecho, es necesario
gestionar proactivamente la identidad cultural de la
empresa para reducir el gap existente entre una y otra
realidad cultural.
Las
organizaciones son organismos vivos, en evolución
constante. Existe una tensión entre la
identidad cultural y el cambio cultural en las organizaciones.
Una organización con una identidad cultural demasiado
débil tiende a disgregarse, a caer en la atonía,
a diluirse en los conflictos de poder y los conflictos
ideológicos que generan desorden, desaliento,
desunión, falta de sinergias y pérdida
de credibilidad y de autoestima. Sin embargo, una organización
que permanece cerrada en una identidad cultural inmóvil
genera fuertes resistencias al cambio, y éstas
ahogan la diversidad e impiden la necesaria evolución,
la innovación y la adaptación a los nuevos
escenarios.
Las
empresas van evolucionando, innovando, creando y adaptándose
a los cambios del entorno, y a la vez van sobreviviendo
como entidades diferenciadas y consistentes, gracias
a esta dinámica entre los factores de mantenimiento
y de cambio en la identidad cultural. En muchos
casos esta tensión se va resolviendo gradualmente
a lo largo de los años, y se va produciendo una
evolución a partir de la suma de pequeños
cambios. Pero hay muchas ocasiones en las que se produce
en un corto período de tiempo un cambio importante
mediante un salto cualitativo en la identidad cultural.
Por ejemplo, cuando hay una fusión entre empresas,
o una absorción, cuando la empresa se implanta
en un nuevo país, cuando la empresa cambia sus
enfoques de trabajo, cuando se introduce en un nuevo
tipo de negocio, cuando se produce una grave crisis
y reestructuración, cuando cambia de propietarios,
cuando sale a bolsa, cuando vive un importante cambio
tecnológico, etc. Todas éstas son situaciones
de cambio cultural intenso de las que los responsables
estratégicos deben ocuparse.
Sea
el cambio cultural gradual o repentino, en toda organización
hay personas que se erigen como guardianes de la identidad
cultural existente y otras que tienden a la disgregación
y la pérdida de los valores comunes, hay personas
propiciadoras de la evolución, y otras, defensoras
del inmovilismo. Y estos distintos estilos de personas
existen entre los directivos y entre el personal de
base.
La
identidad cultural no se encuentra encarnada solamente
en lo que piensan, creen, sienten y desean las personas,
sino también en los procesos, en el organigrama,
en los elementos de la identidad visual corporativa,
en los materiales de información y de comunicación,
en los comportamientos institucionales, en la imagen
de la marca y en la forma en que la empresa se relaciona
con los públicos a través de sus productos
y servicios.
La
cultura empresarial implica una manera de ver las cosas,
una lógica particular, una cosmovisión.
Es una construcción conceptual que organiza los
significados de las leyendas corporativas y de las experiencias
vividas, y por este motivo participar en su gestión
estratégica es una de las responsabilidades básicas
de los responsables de comunicación y de marketing.
El
gap entre la cultura oficial estratégica
y la cultura experiencial que se va generando en los
procesos de trabajo es en alguna medida inevitable,
por el hecho de que la identidad cultural se va constituyendo
como “diálogo” desde dos polos: desde
arriba (desde la alta dirección) y desde abajo
(desde el conjunto de los miembros de la organización).
Sin
embargo, el cambio cultural es un proceso gestionable.
El
primer paso de este proceso es hacer, mediante un estudio
que aplique técnicas cualitativas y cuantitativas…
…la identificación y descripción
de la cultura real existente en la empresa (o “las
culturas”, dado que generalmente en la empresa
coexisten varias culturas)
…la
identificación y descripción de la cultura
oficial formulada como visión y misión
estratégica
…y el diagnóstico de la relación
y del gap entre ambas.
Las
empresas que gestionan eficazmente su cambio cultural
lo convierten en parte fundamental de su estrategia
de adaptación a las grandes transformaciones
actuales, sin renunciar a la fuerza motriz de su identidad
cultural.
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