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La imagen del marketing
Jornada Premios
Alpha XXV Aniversario
"El marketing de empresas líderes
en España"
Cámara de Comercio e Industria de Madrid
5 de noviembre de 2003
Por
Guillermo Bosovsky Favre
Director de DOXA |
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La opinión pública tiene una imagen
confusa y en general bastante negativa del marketing.
La
imagen del marketing Jornada Premios Alpha XXV Aniversario
"El marketing de empresas líderes en España"
Cámara de Comercio e Industria de Madrid 5 de noviembre
de 2003 Por Guillermo Bosovsky Favre Director de DOXA,
S.A. Vicepresidente 1º del Club de Dirigentes de Marketing
de Madrid. La opinión pública tiene una
imagen confusa y en general bastante negativa del marketing.
Esta
imagen negativa es expresada en forma coloquial por gente
de todas las clases sociales, también es elaborada
como ideología por algunos analistas, es lanzada
como descalificación de adversarios por los políticos,
y es reproducida ampliamente por los medios de comunicación.
Generalmente
se confunde al marketing con la publicidad y, además,
se asocia al marketing con la publicidad engañosa,
la que hace promesas falsas o exageradas.
También
se confunde al marketing con las ventas, en concreto con
la idea de venta a presión, o la de venta fraudulenta,
mediante engaño o trampa.
Muchas
veces se atribuye al marketing los casos de fraude en
la calidad de los productos, o se piensa que marketing
es la especialidad en hacer pasar por bueno lo que es
malo, el "vender gato por liebre".
También
se asocia al marketing con el arte del maquillaje, la
habilidad para "vestir la mona de seda".
En resumen, se suele considerar
al marketing como una actividad manipuladora, que abusa
de astucia, trucos y picaresca.
Otra
idea muy frecuente es la de atribuir al marketing la
intención y la capacidad de crear necesidades
falsas en la sociedad, potenciar la demanda de cosas
superfluas, propiciar un consumismo artificial, innecesario
y exagerado.
También
se critica que el marketing representa un enorme despilfarro
de dinero, que eso se repercute en los precios de los
productos, y por lo tanto que son los consumidores los
que pagan los platos rotos.
Muchas
veces esa mala imagen del marketing aparece en la calle
y en los medios de comunicación para descalificar
a un producto, un comportamiento, un evento... sintetizada
bajo la forma de expresiones como:
"Eso
es puro marketing"
"Eso
es un producto de marketing"
"Eso
no es más que marketing"
Frente a estas críticas
se pueden esgrimir argumentos reivindicativos para defender
una imagen positiva del marketing.
Por
ejemplo, podemos decir que las prácticas fraudulentas
y la publicidad engañosa quizá sirvan
en algunos casos para vender a corto plazo, pero producen
pérdidas a medio y largo plazo, porque terminan
generando el rechazo de los clientes.
Podemos
contrarrestar la idea de que la publicidad es un despilfarro
que se traslada al precio de los productos, recordando
la importancia de la fiabilidad de las marcas para los
consumidores.
Podemos
refutar la idea de que el marketing crea necesidades
falsas, desmontando la creencia de que sólo existen
beneficios funcionales, argumentando la importancia
que tienen para los consumidores los beneficios emocionales
y simbólicos. Y podemos insistir en que lo que
resulta más rentable para las empresas es ocuparse
de satisfacer las necesidades verdaderas que se detectan
en el mercado.
Podemos
también repetir la definición clásica
de marketing que proponía Kotler:
- "El
marketing consiste en un conjunto de principios para
escoger mercados meta, identificar las necesidades
del consumidor, desarrollar productos y servicios
que satisfagan esas necesidades, y proporcionarles
valor a los consumidores y utilidades a la compañía."
-
Es decir, contra la leyenda
negra que la opinión pública tiene del
marketing, podemos insistir en que éste aporta
beneficios no sólo a las empresas sino a la sociedad
y a los consumidores.
En la
medida en que el marketing propugna la atención
a las necesidades y demandas de los consumidores, tiende
a hacer más responsables a las empresas frente
a sus clientes. Estimula la búsqueda permanente
de mejoras en los productos, los servicios y la calidad
de atención. Propicia una cultura de respeto
y lealtad recíproca empresa-cliente. Procura
fidelizar no sólo a los clientes con la empresa,
sino a ésta con los clientes.
Por
lo tanto, en un mercado de libre competencia el marketing
es una herramienta que, por su naturaleza, tiende a
mejorar la eficacia de las empresas y, si cumple la
función predicada desde su propia filosofía,
también tiende a mejorar la calidad de vida de
la población.
Todo
esto está muy bien, es verdadero y además
da testimonio de nuestra buena fe como profesionales
de marketing. Evidentemente, con estos argumentos se
puede defender una feliz cara pública del marketing.
Sin
embargo, no deben servirnos para la autocomplacencia.
Decía
hace unos años un importante consultor norteamericano
al referirse a la divulgación de experiencias
de marketing exitoso:
"La
feliz cara pública del marketing enmascara un
profundo malestar interno".
Las
empresas se encuentran actualmente sometidas a una competencia
exacerbada, a unos mercados excesivamente duros y a
unos cambios sociales y tecnológicos desbordantes.
Y el marketing también, inevitablemente,
se encuentra sometido a una presión extraordinaria.
Ya
no se trata sólo de las exigencias desmesuradas
que recaen sobre él desde las propias empresas
y desde el mercado, ni tampoco se trata sólo
de la mala imagen del marketing en la sociedad y en
las empresas, con la que los responsables de marketing
tienen que convivir, sino también de los conflictos
y dificultades intrínsecas al marketing mismo.
El malestar que a menudo sienten
los profesionales de marketing tiene que ver con las
contradicciones inevitables de su función:
No
es nada fácil identificar bien las demandas del
mercado y además conciliarlas con la correcta
identificación de las propias capacidades de
la empresa.
Además
se necesita aprovechar la experiencia acumulada, pero
la realidad también exige tirar por la borda
una parte de esa experiencia para sobrevivir a los cambios
radicales de los mercados y de las reglas del juego.
Por
otro lado, hay muchas empresas en las que, por el hecho
de que existe un departamento de marketing y unos responsables
de marketing, los demás aprovechan para olvidarse
del marketing, de los mercados y de los clientes.
En
algunas empresas el marketing es sentido como un cuerpo
extraño, y se produce una reacción de
anticuerpos: desinterés, falta de colaboración,
desimplicación, falta de respaldo presupuestario,
impaciencia pidiendo resultados mágicos...
Además,
para los responsables de marketing es difícil,
a veces, conciliar las exigencias de calidad, bajo precio
y ética que plantean los clientes, con las exigencias
de éxito rápido y rentabilidad tangible
para los accionistas.
Tampoco
es fácil conciliar la necesidad de autocrítica
y aprendizaje constantes con la necesidad de evitar
ser utilizados como chivos expiatorios de los fracasos
de la empresa.
Por
otra parte, se necesita contar con suficiente información
adecuada pero a la vez es necesario sobrevivir a la
sobresaturación, dispersión, fragmentación,
sesgo y parcial desactualización de la abundante
información disponible.
Y
también, frecuentemente es difícil conseguir
suficiente respaldo y presupuesto pero, a la vez, a
veces es casi imposible poder calcular y justificar
suficientemente el retorno de la inversión en
marketing.
Es evidente que no todos los responsables
de marketing podrían justificar sus limitaciones
amparándose en las contradicciones inherentes
a su función, o en las presiones injustas a las
que supuestamente los someten las empresas o los mercados.
Muchos están todavía anclados
en un marketing limitado y obsoleto.
Incluso
todavía algunos se reivindican a sí mismos,
en una mezcla de ingenuidad y falta de pudor, como especialistas
en trucos, ideas ingeniosas y malas artes, como aquéllas
que denuncian los clientes, y se consideran eficaces
para manipular astutamente al mercado.
"La
historia del marketing está sembrada de técnicas
y concepciones fracasadas", decía Theodore
Levitt.
El marketing tiene una vocación
natural, y méritos acreditados, para representar
el motor de una imagen amigable, ética, responsable,
simpática y empática, de las empresas
ante los clientes y la opinión pública.
Pero a la vez a menudo representa ante el público
la cara feroz de ciertas prácticas empresariales
de dudoso prestigio. No corresponde sentirse
incomprendidos, ni considerar que la mala imagen
social del marketing es sólo el producto de un
malentendido.
Para que las empresas sean sustentables
y puedan cumplir plenamente sus funciones económicas
y sociales es necesario que el marketing sea
sustentable, es decir, que demuestre su madurez, su
compatibilidad con la ética, su compromiso con
los consumidores y su rentabilidad para las empresas
que apuestan por él.
La
sordidez de las relaciones de algunas empresas con el
mercado, la mala calidad de algunos productos y servicios,
la venta a presión y la publicidad engañosa
no tienen su origen en el marketing. Al contrario, suelen
estar estrechamente vinculadas a la ausencia de una
buena cultura de marketing.
En
nuestro medio tenemos que seguir trabajando por el desarrollo
de la cultura de marketing como soporte fundamental
para el éxito y la sustentabilidad de las empresas.
El
desarrollo de una sólida cultura de marketing
en las empresas es condición necesaria no solamente
para que exista una mejor imagen social del mismo, sino
para que también haya una imagen de credibilidad,
respeto y respaldo real hacia el marketing en el interior
de las empresas. En esta buena imagen "interna"
del marketing se juega la eficacia y la rentabilidad
de las empresas.
Como
decía Peter Drucker ya en 1982: "La
empresa comercial tiene dos, y sólo dos, funciones
básicas: marketing e innovación. El marketing
y la innovación producen resultados. Todo lo
demás son costes".
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