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¿PTOLOMEO O COPÉRNICO?

Editorial en el Boletín del Club de Dirigentes de Marketing de Madrid, Nº 15

Por Guillermo Bosovsky Favre
Director de DOXA

Ya en el año 280 a. de C. un jónico llamado Aristarco de Samos sostenía que el Sol, y no la Tierra, es el centro del sistema planetario, y que alrededor de él giran la Tierra y los demás planetas.
Esas ideas eran opuestas al pensamiento de los matemáticos, físicos, filósofos y astrónomos de la época. Sus contemporáneos se escandalizaron.
Cuatro siglos después... ¡cuatrocientos años más tarde!... Ptolomeo, que trabajaba en la Biblioteca de Alejandría y conocía la obra de Aristarco que allí se encontraba, consagró la retrógrada teoría opuesta, la geocéntrica, que sostenía que la Tierra era el centro privilegiado y referente fijo del Universo, y que el Sol, las estrellas y los planetas giraban a su alrededor.
Las desatinadas ideas de Ptolomeo fueron asumidas por la Humanidad, consideradas como obvias e indiscutibles... ¡durante otros mil trescientos años más!
En 1543, mil ochocientos años después de Aristarco, un astrónomo polaco, Nicolás Copérnico, que había leído la teoría de éste, volvió a descubrir que el Sol es el eje del sistema planetario. Este redescubrimiento, y la posterior consagración de la teoría heliocéntrica, es lo que se llama la Revolución Copernicana. Nuevamente se produjeron el repudio y el escándalo. Copérnico fue tratado de advenedizo. La Iglesia católica prohibió su libro y Lutero dijo de él: "Este estúpido quiere trastocar toda la ciencia astronómica".
Los más intensos enfrentamientos entre la concepción geocéntrica y la heliocéntrica tuvieron lugar en los siglos XVI y XVII. En 1632 Galileo defendía esta última en la obra: "Diálogo sobre los dos máximos sistemas del mundo, ptolomeico y copernicano". Un año más tarde la Santa Inquisición le obligó a retractarse de rodillas.
¿Por qué causa nos hemos resistido durante casi dos mil años a aceptar el lugar subordinado del planeta en que vivimos?
Debe haber algún motivo por el cual insistimos en imaginar que somos el ombligo del mundo. ¿Cómo calificar a esta obstinada miopía? ¿Egocentrismo, etnocentrismo, ombliguismo, narcisismo...? ¿Qué fuerza tan poderosa hay en la naturaleza humana que nos lleva, consciente o inconscientemente, a considerar a nuestra empresa, a nuestro producto, como el centro del Universo, a pesar de que desde el marketing se insiste incansablemente en plantear que es el cliente el astro rey, el centro de gravitación en torno al cual deben girar todos los esfuerzos de las empresas y las instituciones?
¿Por qué todavía hoy muchos se escandalizan, considerando que la filosofía que propone el marketing es un planteamiento demasiado radical y poco realista, argumentando la falacia de que "para las empresas es más importante ocuparse sólo de ganar dinero en lugar de estar prestando atención a las necesidades, expectativas, opiniones, actitudes, motivaciones y rechazos de los clientes"?
¿Por qué muchos otros, pese a que manifiestan que dan mucha importancia al marketing siguen despreciándolo en la práctica, considerándolo encomiable pero iluso, un gasto prescindible, una veleidad demasiado cara?
¿Por qué otros apuestan por el marketing, pero sólo porque lo consideran algo así como un conjunto de trucos, procedimientos y habilidades para manipular a los clientes, crearles necesidades absurdas, impactarlos con mensajes engañosos, en fin, unas herramientas supuestamente útiles para cumplir con astucia objetivos unilaterales de sus empresas?
¿Será necesario que pasen otros dos mil años para que aceptemos verdaderamente las premisas básicas del marketing, para que estemos dispuestos a aplicarlas con honestidad e inteligencia en beneficio de los clientes y de la empresa, para convencernos de que es rentable asumir el punto de vista de los clientes como el centro de gravitación para la empresa?

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